Hace poco más de un año, Xavi (Tarrasa, 1980) se enfrentaba al verano más complicado de su carrera. Hoy es difícil de imaginar que, antes de la Eurocopa, el mediocentro de la selección tenía el cartel de transferible. Laporta y Beguiristain querían renovar un equipo comandado por Ronaldinho y Eto’o que había dado muestras de desgana y agotamiento.
El ’seis’ blaugrana debutó en 1998 acompañado del olor característico de La Masía. Un centrocampista inteligente, menudo, con un toque exquisito. Se le comparó con el propio Guardiola, con el que compartió vestuario durante tres temporadas. Pero los años pasaron y Xavi no llegaba a su nivel.
Llegado el momento del cambio, Txiki Beguiristain creyó que el club debía confiar plenamente en Iniesta para liderar el juego ofensivo del Barcelona. Las críticas señalaban a Xavi como un jugador de gran clase, pero falto de recorrido, valentía y fuerza para dominar los partidos. Un futbolista muy correcto pero carente de un plus físico para abarcar más espacio y aportar su talento en el medio y cerca del área en la misma jugada.
El éxito en la Euro impidió su venta y un año después el de Tarrasa repetirá como Top 10 del galardón otorgado por France Football. Un verano mágico en Austria y una temporada de ensueño con su equipo le hacen merecedor de tal posición en la élite europea.
En total doce meses excepcionales en los que se transformó en un superfutbolista capaz de robar el balón junto a Valdés y terminar rematando el contragolpe. Y no solo un partido, sino a lo largo de tres competiciones distintas, de septiembre a mayo, alcanzando el cúlmen en el Bernabéu. En aquel encuentro, jugó de líbero y delantero. El tercer y el quinto gol evidencian una capacidad pulmonar extraordinaria.
Ahora, tras la derrota en Liga de Campeones y con cierto margen tras el inicio de la temporada, algunos periódicos constatan que Xavi no está en su mejor momento. Pero, en realidad, sería más adecuado precisar que ha vuelto a su estado de forma natural.
Es sencillo darse cuenta de que ya no ataca la pelota como lo haría el mismísimo Makélélé, ni cubre un terreno tan largo como el campo en sí. Un solo partido prestándole atención certifica la vuelta a la normalidad, aquella que le definió durante nada menos que diez temporadas.
Hace un año me preguntaba cómo era posible que un jugador evolucionase tanto con su carrera tan avanzada. La duda no tiene mayor explcación que la biológica: el cuerpo humano no sufre notables cambios de coordinación o fisiológicos cerca de los treinta. Hoy tengo más clara la respuesta. Pero, por si alguien no lo tiene tanto, hay más pistas: ¿dónde está el rejuvenecido Henry?





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