Queda poco para que el COI elija la ciudad que albergará los Juegos Olímpicos de 2016. He de reconocer que en las calles de la capital se extendió desde el primer momento un patente escepticismo (por no decir pesimismo) en torno a las posibilidades de la capital en un segundo intento. La razón era, principalmente, el sistema tácito de rotación de continentes. Una fórmula negada por todos pero que desde 1952 (Helsinki) se ha repetido sin excepción.
Desde entonces se han sumado otros dos poderosos argumentos en contra de Madrid: Río y Chicago, Lula y Obama. El segundo, por cierto, ha anunciado hoy mismo que estará presente en Copenhague para ayudar a la ‘Ciudad del Viento’ a salir victoriosa de la elección.
Mi apuesta racional es Río de Janeiro. El COI ya demostró con Pekín que la situación económica del país anfitrión, en todo caso, juega a su favor. Lula ha mostrado su máximo apoyo al proyecto porque -como no podía ser de otra manera- es consciente del empujón económico y social que podría despertar al gigante. Del mismo modo, Barcelona ‘92 fue el espaldarazo definitivo para que España formara parte, a ojos del mundo, del grupo de países más desarrollados.
Sin embargo la situación de crisis mundial ha de ser tenida en cuenta y Brasil, una potencia emergente pero con una economía demasiado volátil, es un riesgo que quizá termine en catástrofe. No sería un hecho inaudito: Colombia tuvo que desestimar la celebración del mundial de 1986 en favor de México por no cumplir con los requisitos deseados por la FIFA. Los miembros del Comité Olímpico no serán inmunes a las presiones y al miedo de los inversores internacionales.
Chicago, por otra parte, carece de un total apoyo ciudadano y gubernamental que son tan importantes para el éxito de las Olimpiadas. Desde la distancia la candidatura parece adolecer de fuerza y convencimiento, aunque la simple presencia de Obama (probable presidente americano en 2016) puede ser decisiva dado su carisma y poder. El renacer de los Estados Unidos podría culminar con unos Juegos Olímpicos maravillosos, solidarios y con un espíritu de paz y entendimiento global.
Tokio, por último, acreedora de la máxima nota del Comité, es el tapado del grupo. Su proyecto es prácticamente intachable y el prestigio japonés en cuanto a seriedad es inalcanzable. Pero le falta algo. Le falta alma. Y, no nos olvidemos, ya tuvieron su oportunidad en 1964. ¿Otra vez una ciudad repite?
Por eso, porque siempre existen pros y contras, aparece Madrid. Una candidatura sólida, segura y bien preparada. Una ciudad que se ha modernizado muchísimo y que aún está en pleno proceso de expansión. Un sistema de transporte público a la altura del mejor del mundo (si es que no lo es) y un apoyo ciudadano y, lo que es más importante, institucional, absoluto. Y un espíritu de apertura, ilusión y compromiso que garantizan unas Olimpiadas memorables, tal y como lo fueron las de Barcelona. Porque, pese a la insistencia de la razón, yo también tengo una corazonada. Madrid olímpica en 2016.





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