Me llamaba un amigo esta mañana, entre la resaca de la victoria del Barça y la llegada mesiánica de Florentino. Mi amigo, un tipo sensato, prudente y culto, no podía dejar de repetir la indignación que había sentido cuando las aficiones pitaron a los Reyes y el himno de España antes de la final. Había cierto atisbo de sorpresa en su enojo que no compartía; asumí hace tiempo que este es un país de pandereta y lo que pasó ayer es una de tantas.
No obstante el lamentable comportamiento de las aficiones, por esperado, no deja de ser censurable. No sólo por su evidente falta de respeto y mala educación hacia dos símbolos que representan a millones de personas; es que esta mañana mi amigo me recordaba que “Copa del Rey” es una denominación coloquial, ya que el verdadero nombre del torneo es “Campeonato de España, Copa de Su Majestad el Rey de Fútbol”. El uso del apócope acostumbra a ser simplemente un detalle, pero hoy ilustra (por si fuera necesario) la sinrazón de los energúmenos.
Resulta que estos dos equipos, parte de cuyas aficiones no tienen reparos en denostar todo lo español, están jugando el campeonato del país al cual algunos de sus representantes no quieren pertenecer (léase Laporta). Y mi amigo me preguntaba: “Pero, si tanto les molesta España, ¿por qué no abandonan su competición?“. Alguien podría argumentar que no tienen otra opción mientras no sean estados libres, pero se da la situación de que el Barça ya compite en la Copa Catalunya.
Mientras, Laporta declaraba feliz ante los medios que era una final “entre dos países” y aterrizaba hoy en Barcelona con una bandera independentista catalana al cuello. Mi amigo, con sarna, apostillaba: “Laporta es miembro de la Real Federación Española de Fútbol. ¡¿Cómo es posible que ese tipo siga siendo parte de la Federación?!”. Yo le daba dos razones: hipocresía e interés. La pela es la pela aquí y en la China Popular.
Se me ocurre una duda impertinente: ¿Y si hubiera sido al revés? ¿Y si en Madrid se hubiera pitado Els Segadors y el himno del País Vasco en cualquier acto público? ¿Cuánto tiempo habría bastado para escuchar discursos victimistas de los nacionalistas, rabiosos por una flagrante ofensa contra sus pueblos?
Hoy es el ojo ajeno y para ellos lo de ayer no se llamaba ofensa: se llamaba libertad de expresión. En una sociedad desarrollada esta libertad de expresión debería haber evolucionado de la mano del respeto hacia los demás. Pero no nos equivoquemos, cuando las aficiones pitaban estaban aplastando este derecho innegociable; querían mostrar su rencor y odio hacia el pueblo español que, en su propia casa, fue víctima de una conducta incívica y sobre todo anacrónica, propia de comunidades bárbaras.
A este respecto no puedo evitar una sonrisa al ver la imagen que acompaña este artículo: “Goodbye Spain. We are nations of Europe”. No creo que en la Europa unida, esa que ha luchado tanto para limar las diferencias, eliminar fronteras y construir una nación de naciones, tengan cabida estas muestras de localismo rancio y ramplón. En realidad, es la estampa del paleto gritando para ser admitido en un club de altos vuelos.
Y a todo esto, ¿qué ha dicho el presidente Zapatero, primer garante de la unidad y del respeto a los símbolos constitucionales? Nada. Pero no sorprende. Ya se sabe, país de pandereta.





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