Recibí un mensaje a los veinte minutos de haber comenzado el encuentro en Cornellá. Se permite la vulgaridad, no hay vergüenzas que tapar: “Esto es una mierda”. Pese a los goles, la sensación no mejoró en el resto del encuentro.
Los grandes proyectos públicos prestan un servicio a la ciudadanía invitando al escarnio popular. Como parte de un sentimiento profundamente humano, reconforta la crítica dirigida a los más poderosos. Y siempre hay un culpable. Para cuando leí la sentencia en forma de SMS, ya había armado los cañones verbales, dispuestos a disparar sobre la figura del más débil, el entrenador.
No me cuesta repetir lo que ayer resonó en el bar: Pellegrini no durará hasta Navidad. Su camino, en todo caso, podría estar protegido por la andadura blaugrana. No obstante si los de Guardiola siguen por la senda victoriosa, el Madrid pronto se verá envuelto en peleas y desilusiones capaces de arrastrar poderosas columnas. Se llamen Ronaldo o Benzema. Mucho deberían cambiar las cosas para que no suceda.
Lo que vimos ayer -pese a lo que cuente el Marca- no es más que la continuación del entremés teatral que el chileno lleva preparando desde el verano. De nuevo un esquema caótico, entregado a la inspiración del momento y el azar. La primera puede estar servida en vaso ancho; lo segundo implica riesgo y chiripa. ¿Se puede ser afortunado durante una temporada? Mientras el rival se llame Espanyol o Deportivo, es posible. Pero cuando las fuerzas se igualan, la suerte deviene ocasional.





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