Quizás radica en su aspecto sumamente rudo, propio de un ring de boxeo. Tal vez, en el escaso potencial que atesora para despertar empatía en aquellos que no comparten su peculiar idiosincrasia y su carácter proclive al exceso. O, posiblemente, en su juego sobrio y efectivo, desprovisto de artificios plásticos. Me refiero al motivo por el que Wayne Rooney no acapara, allende las Islas, los elogios de los que resulta digno acreedor.
Pocos se atreven a discutir, hoy en día, que el de Liverpool encarna como pocos la esencia del fútbol inglés; el coraje, el talento y el afán de superación consustanciales a la mejor tradición de futbolistas británicos. Y, sin embargo, el atacante del Manchester no se suele colar entre los favoritos a alzarse con los galardones individuales de máximo prestigio internacional. Craso error.
Hablamos de un jugador versátil hasta el extremo, potente, con gran facilidad para desbordar por ambos costados y que goza de un exquisito desplazamiento en largo. Además, va bien de cabeza, no escatima ápice alguno de energía en el repliegue y, sin desempeñar las labores de un delantero centro al uso, asegura una cifra de goles por temporada nada desdeñable. ¿Cree que existen muchos como él?
Quién sabe si la pompa y circunstancia que arrastra su compañero y actual Balón de Oro, Cristiano Ronaldo, impide que su figura descuelle como el sentido común dictaría.





Comentarios
Comments en “Rooney: El peso pesado postergado por los sinsentidos del fútbol”