Resulta sumamente complicado encontrar un jugador de fútbol que encarne, como hasta hace muy poco lo hacía Raúl González, la esencia de lo que significa lucir la elástica de la selección. Y es que pocas veces un deportista ha generado en el imaginario de los aficionados tal vinculación entre su figura y los valores que se asocian al combinado nacional.
Pundonor, casta, orgullo de ser español… son muchos los motivos que condujeron a los seguidores de la roja a identificar a su siete con lo más profundo de un sentimiento. Pero, para congoja de muchos –entre los que me incluyo, por supuesto-, el divorcio exprés truncó los designios de Cupido, y lo que había sido un matrimonio sin desavenencias se convirtió en amor no correspondido, con largas de ella y un quiero y no puedo de él.
Frente a Turquía, y transcurridos casi dos años y medio desde que el delantero del Real Madrid jugara su último partido con España, el grupo que ahora dirige Vicente del Bosque sumó una nueva victoria y acrecentó su racha de triunfos consecutivos, que ya se extiende hasta los diez encuentros.
Mucho se especuló en los días previos a esta cita premundialista acerca de la posibilidad de que Raúl acudiera nuevamente a una convocatoria de la selección. Finalmente, el bigotón decidió no llamarle. ¿Hizo bien? Yo creo que sí.
Un país como el nuestro, a menudo de charanga y pandereta como cantaba Machado, no suele conceder a sus ídolos una transición emérita hacia la retirada. Del jardín del edén a los avernos, del parnaso al ostracismo, en menos de lo que bufa la piel de toro. Ocurrió con Butragueño, el futbolista al que más y mejores agasajos concedimos y, desde luego, uno de los más grandes de todos los tiempos. Y está sucediendo con su sucesor en la escuadra merengue.
Los Torres, Iniesta, Xavi… consiguieron el pasado verano, con su hazaña, que los aficionados dibujemos el próximo Mundial como una entelequia, no en el sentido más sardónico del término sino en su acepción aristotélica. Un logro incuestionable e histórico, que desgraciadamente se alcanzó sin el madrileño. Y lo que funciona, no debe alterarse.
Años ha, un buen amigo me explicó que no existe mejor guía en la vida que la normalidad. A día de hoy, lo natural consiste en no ver a Raúl con la casaca nacional. Consumada la tragedia, para qué volver a reeditarla. Además, hay quienes se atreven a asegurar que el éxito de Austria y Suiza radicó precisamente en su ausencia. Y serán éstos los que le señalarán con insidia si vuelve y España pierde, aun cuando pudimos constatar el sábado que España no resulta infalible.
Así pues, toca resignarse, aceptar que el equipo de todos encuentre amores pasajeros e, incluso, hasta parejas de hecho y entonar un réquiem por el sueño que pudo ser y no fue.






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