Baloncesto

Un paseo por el Madison Square Garden

madison-square-gardenEl sábado, aprovechando la visita de Calderón a la ciudad de Nueva York, acudí al Madison a ver el partido que enfrentaba a los Knicks contra Toronto.

Llego tarde, vengo del fisio en el Meatpacking District y mis amigos me están ya esperando a las puertas del estadio. Vamos a comprar entradas en la reventa para los dos últimos cuartos. No tenemos pasta para más.

Penn Station está a reventar a diario, pero un sábado es diferente. No hay estrés. O si lo hay, al menos es distinto. Salgo del metro. El Madison está a una manzana (one block) de la estación, en la séptima avenida con la 33, pleno corazón de Manhattan. Eso lo hace muy especial.

Es fácil detectar a los reventa. Son negros y andan apresurados, y ofrecen entradas a las personas que pasan a su lado con una falsa sutileza.

-Tickets, tickets, do you need tickets?

En taquilla venden las más baratas por $95, con dos cuartos ya jugados. Nuestro presupuesto es de $10. Así se lo hacemos saber a estos tipos. Primero se enfadan, gesticulan y se marchan. Al poco tiempo vuelven. Su primera oferta decente son $15 por cada una.

-If you got them for $10, you got a deal right now.

Mientras, un policía se cruza e intenta asustarnos. “Ese hombre vende entradas falsas”. Es joven, imberbe y lo dice con tanta desidia que es evidente que miente.

Decidimos  esperar diez minutos. El tercer cuarto habrá empezado y si los reventa no se deshacen de sus entradas se las comen. A regañadientes, terminan cediendo. Por un total de $30, hemos comprado dos entradas de $40 y otra de $110.

En el Madison es sencillo sentarse en otro asiento que no es el tuyo si las gradas no están a reventar. Hay tres anillos y medio. Nosotros bajamos al primero. El recinto es espectacular y acogedor. Los asientos robados son magníficos.

-¿Ese es Shawn Marion? No sabía que jugara en los Raptors.

Estamos tan cerca que distinguimos a los jugadores por las caras. Es excitante; de repente estamos allí, en el Madison. Cuántas veces lo habíamos imaginado viendo los partidos en la Cuatro y en el Plus.

A falta de menos de la mitad del encuentro, Toronto domina el marcador y el juego. Calderón juega con suficiencia y seguridad. Junto a la pista se aprecia lo que ha crecido como jugador. Y la confianza que otorga participar en la mejor liga del mundo.

En cada tiempo muerto hay un espectáculo diferente. Primero unos niños que mezclan baile y acrobacias y disparan camisetas al público. Son increíbles. Después las New York Ciy Dancers. Están increíbles. También dirigen las cámaras al público y muestran a los freaks en las pantallas gigantes del marcador. La gente ríe y grita. Otras veces enfocan a alguno de los famosos ocultos entre la gente. Suelen sonreír y hacer una payasada.

Los americanos, por lo general, no son fanáticos y pasionales en el deporte a diferencia de los europeos o sudamericanos. Entienden el juego como un espectáculo y, aunque chillen y se enfaden, si su equipo pierde no se quedan sin cenar.

Por eso es fácil comprender que la NBA sea una exhibición con estrellas egoístas, circenses con ganas de entretener al personal. Los Knicks remontan, se ponen a una canasta y un tal Richardson -que ha protagonizado algunas acciones de showtime en los últimos minutos- reclama su verdadero momento estelar. Quiere ser el héroe y se juega una entrada imposible. Resultado: Toronto recupera la posesión, acelera y Bargnani les hunde con un triple sencillo, sin oponentes. Richardson ha echado por la borda el esfuerzo del equipo.

El partido termina y Calderón manda saludos a la grada. Hay cientos de españoles que responden emocionados: “¡Calderón! ¡Calderón!”. Poco a poco el Madison se vacía y podemos bajar a la pista. En ella, un comentarista entrevista a un individuo que no sé quién es. Las mesas de prensa están al fresco llenas de pantallas y ordenadores totalmente accesibles. Me pregunto si en España intentarían robarlos.

Nos echan porque las féminas jugan más tarde y hay que limpiar. La salida no es atolondrada, no hay bulla. En un par de minutos estamos de nuevo en la séptima avenida entre taxis amarillos, turistas y brige-and-tunnel people, habitantes de New Jersey o Long Island que acceden a la ciudad por puente o túnel y que pueblan Manhattan los fines de semana.

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