Las dudas acerca del futbolista más caro del mundo se asomaban en mi cabeza mucho antes de que llegara al Real Madrid. Ni siquiera los 42 goles que marcó en su memorable temporada en Manchester fueron suficientes para convencerme. A Cristiano se le comparaba con Messi, pero no poseía su desborde, ni su magia. Del portugués sólo nos llegaban goles.
Con el tiempo he aprendido a apreciar las descomunales virtudes de Ronaldo. Y lo he hecho evitando la comparación con el ‘10′ del Barça; nunca serán iguales y eso no invalida a uno, ni al otro. Ayer fue el segundo partido que CR9 resuelve por su obra y gracia. Para los que no vieron el encuentro puedo asegurarles lo siguiente: si el Balón de Oro hubiera jugado con el Xerez, los andaluces habrían ganado el partido. Así de simple.
Como dice Juanma Trueba hoy en ‘AS’, Cristiano Ronaldo no construye, ni esa es su labor. La diferencia entre él y los demás son los goles: los suyos propios y los que provoca. Repasemos: ayer abrió y cerró el partido evitando una catástrofe, participó en el tercero y el rechace a uno de sus disparos propició una clarísima ocasión que Raúl extrañamente marró.
Hay muchos jugadores que marcan y asisten; hay otros que, cada cierto tiempo, se inventan un golazo desbordando a varios rivales como Messi o ametrallando desde la distancia como Forlán. Cristiano Ronaldo no necesita jugar bien, en realidad ni siquiera necesita que su equipo esté atacando. Un balón muerto en una banda, un córner fortuito o un contragolpe en clara inferioridad numérica son suficientes para sentenciar. Es el único futbolista que recuerdo capaz de marcar en cualquier circunstancia, sea como sea el resultado o el encuentro o la jugada.
Messi puede ser frenado (aunque es ciertamente difícil), Forlán puede tener el punto de mira desviado; Ronaldo tiene tantos recursos que si no es de una manera será de otra. Y, hasta el momento, ya ha mostrado unas cuantas.





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