Se vive una temporada extraña en la Fórmula 1. Asistimos, primero con sorpresa, luego con indignación y por último con indiferencia a una competición donde dos equipos en teoría menores se pasean en cada carrera.
La F1 es un producto enorme que no puede considerarse como un simple deporte de élite que televisan cada dos semanas. La F1 es un show, un escaparate inigualable para marcas de automoción potentísimas y para cientos de patrocinadores. Un evento donde se invierten muchos cientos de millones de euros.
Cualquier estrategia de márketing a medio y largo plazo debe ser sólida y homogénea. Los productos tienen una serie de valores que se construyen con paciencia, ya que cobran fuerza y credibilidad sólo con el tiempo.
Hoy la Fórmula 1 es un producto difuso en la mente del espectador, esto es, el cliente. Hoy vemos a dos escuderías totalmente desconocidas asaltar cada podio con una facilidad pasmosa. Y sus pilotos, que antaño eran mediocres, parecen inyectados con genes de Schumacher.
No es permisible para una gran empresa como es la FIA que su producto ayer fuera uno y esta temporada sea otro totalmente diferente. ¿Quién es Brawn? ¿quién Button? La audiencia no quiere ver a Ferrari o McLaren quedándose fuera de la clasificación o a sus héroes como Alonso o Hamilton luchando por un 7º puesto.
La FIA, con sus decisiones a lo largo de estos años, ha permitido una competición inconstante, y el telespectador pierde interés en un deporte que se ha quedado sin referencias. Además, el funcionamiento del campeonato arroja infinidad de dudas, infundiendo desconfianza y añadiendo una buena cantidad de artificio a la clasificación.
El cliente no quiere un producto que hoy tenga una identidad representada en parte por Renault o BMW y sus pilotos, y mañana aparezcan de la nada otros equipos y corredores. No se sustentaría que cada año los ganadores quedaran últimos y viceversa; sería evidente que sólo el dinero determina quién vence y destrozaría el atractivo que la F1 tiene como deporte. No me importa si esto ya ocurría en el pasado, porque en cierto modo se disimulaba.
Pero es que además con estos cambios, ¿cómo va a decidir un aficionado a quién apoyar y a quién odiar? ¿de qué manera elige sus héroes y sus demonios? De ninguna. Porque el fan no es capaz de identificarse con equipos y pilotos a los que, por su desconocimiento, no puede atribuir ninguna personalidad.
El camino que debería encauza este despropósito parece bastante alejado del que la FIA ha tomado en la actualidad. Se las ha arreglado para enemistarse con quienes producen los ingresos y éstos amenazan con crear su propia competición. Aunque, bien pensado, quizá esta sea la mejor opción y la travesía por el desierto que nos espera desembocará en una nueva F1 sólida y emocionante, como siempre debería haber sido.





Comentarios
Comments en “La desastrosa estrategia de márketing de la F1”