Con Ramón Calderón, Nanín y Bárcena en Pacha, el Madrid superó el límite del esperpento. Florentino desprendía entonces un aura mesiánica renovada. Un salvador con el que el club recuperaría los buenos tiempos, aquellos de los primeros años galácticos.
Sin embargo no hizo falta demasiado tiempo para comprobar que Florentino Pérez no había cambiado. Y cuando las personas son las mismas y las ideas no evolucionan, el resultado suele ser el conocido.
Llega el Madrid a noviembre (¡noviembre!) con una profunda crisis que va más allá de Pellegrini o un grupo de jugadores vagos e indolentes que probablemente hayan acordado la ejecución del entrenador. El apuro llega al palco, donde se sientan el presidente y los directores general y deportivo: Valdano y Pardeza. Los máximos responsables de un proyecto arriesgado. No olvidemos que la astronómica inversión sólo se recupera con excelencia y títulos.
Los dirigentes del club tienen delante un escenario terrible: por un lado, son conscientes de que la contratación de Pellegrini ha sido un error a la vista de los resultados y que su continuidad asegura una caída al vacío; por otro, la estabilidad del proyecto deportivo es clave para su éxito y despedir al entrenador al comienzo de la temporada es tomar el camino contrario.
No podemos olvidar, además, que la ansiada renovación ya se produjo hace tan sólo unos meses. Este era el momento de construir los cimientos del Madrid del próximo lustro y nos encontramos ante un derrumbe en toda regla. La credibilidad de los señores Pérez, Valdano y compañía, ya en entredicho, sufriría un durísimo estoque si desaparece Pellegrini.
El Real Madrid, por tanto, se encuentra en un callejón sin salida donde cualquier solución que tomen traerá consigo fuertes vientos que pueden hundir un barco de 250 millones. Y eso que acaba de zarpar.





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