A lo Tomás Roncero, que le he cogido el gusto, acabo de recibir un SMS de un amigo: “CR9 al final va a ser bueno, pero no me parece un súperclase”. Y yo le iba a contestar que sí… o que no. O todo lo contrario. Me despista este jugador, me provoca sentimientos encontrados y creo que sólo el paso del tiempo lo situará en el lugar merecido de la historia del club.
Claro, que por otra parte, esto ya debieron de pensarlo los aficionados del Manchester. Hace dos temporadas también salía a gol por partido y suponíamos que se trataba de una racha. Una racha que se alargó hasta el final. En todo el año no paró de correr, de saltar y de marcar. Quizá no fuera casualidad y en la distancia, entre las retransmisiones a deshora de La 2 y los vídeos del Youtube, Ronaldo parecía mucho peor de lo que en realidad es.
Porque, seamos claros, básicamente de los siete partidos oficiales que ha jugado el Madrid hasta el momento, Cristiano ha ganado, él solito, cuatro. Y lo peor de todo es que los ha ganado dejando una imposible sensación de fortuna y abuso.
Por un lado, parece que ha tenido suerte en los disparos o tal vez los porteros han ayudado en algún momento. Por otro, es tan abrumadora su superioridad sobre los demás -corre más rápido, salta más alto, lanza más fuerte-, que el altísimo número de goles que lleva parece una consecuencia lógica de tal supremacía.
Cristiano Ronaldo es el paradigma de un nuevo tipo de súper futbolista. No domina el encuentro, sino el marcador. No juega bien, si entendemos el fútbol como un deporte combinativo, pero es el mejor si lo aceptamos como una competición. Hay unas reglas y sólo un tipo de victoria: el contendiente que haya anotado más goles gana. Y él los marca en cualquier momento, de cualquier forma y sea como sean las circunstancias del partido.
Hace un mes me parecía una auténtica herejía siquiera discutir si Messi era o no el número uno del planeta. Poco a poco me van noqueando los golpes del extraño talento portugués.





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