Tengo la impresión de que los barcelonistas van a tardar poco en echar de menos a Eto’o. Siempre he creído que era un futbolista superlativo, tan determinante como el que más en las dos Copas de Europa que ha ganado. No sólo era el primer defensor -y de qué manera-, sino que completaba perfectamente la habilidad de Xavi, Iniesta o Messi. Eto’o era la pieza maestra que concluía el puzzle. No olvidemos que el buen juego es el que termina en goles.
Guardiola decidió intercambiar a Eto’o (y una sorprendente cifra de millones) por Ibrahimovic. No niego las cualidades del sueco porque lleva tiempo demostrándolas. Sin embargo, del mismo modo, sus defectos no son un secreto. Su magnífico rendimiento como goleador la temporada pasada es antes excepción que norma. Su fenotipo no corresponde con el del clásico ariete y el estilo que ha cultivado lo sitúa como segunda punta.
Ibrahimovic no marcará tantos goles como el camerunés. Es más, sus números quedarán bastante lejos. No obstante es posible que participe de forma más satisfactoria en el juego combinativo blaugrana, pero Guardiola ha cometido un error si piensa que la superioridad técnica, sea cual sea su forma, termina en victoria.
Hasta su marcha en verano, Eto’o ha evitado el cierre del círculo virtuoso que practica el Barça desde los tiempos de Cruyff y que Guardiola ha llevado al extremo. El ‘9′ proporcionaba la mejor salida posible a la composición melódica del resto de jugadores: el gol. Hoy, en Milán, me ha parecido que el Barcelona tocaba una pieza que no sabían cómo finalizar. Un bucle que, de no ser solucionado, supone suficiente carencia como para costar uno o varios títulos.





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