
Hace unos días el que arriba firma escribió un brillante artículo en este mismo medio que finalizaba así: “Esperemos que me equivoque y sólo sea un bache pasajero y esta generación de jugadores, que es exquisita, despierte y demuestre en lo que resta de campeonato lo que sabe hacer, porque de no ser así el oro estará muy lejos.”
Pues bien, me equivoqué, toda la parrafada anterior no vale para nada y he de comerme mis propias palabras. Y es que afortunadamente el oro no está lejos, sino tan cerca que lo podemos tocar con las manos. En efecto, España se proclamó este fin de semana en Polonia campeona de Europa de basket por primera vez en su historia.
La intención de este artículo no es la de rectificar, sino la de mostrar el cambio radical que sufrió la selección. Es cierto que hace menos de una semana el equipo me hizo tener dudas sobre su rendimiento, y pensaba que ni de coña ganarían el oro. Pero parece que los jugadores interiorizaron todas las críticas que les llegaron de la prensa y seguidores, y cambiaron su forma de afrontar los partidos. Nunca dije que no lo pudieran hacer, pero que si querían lograr el objetivo debían cambiar, y lo hicieron.
Garbo, tras la final, afirmó que fue necesario sufrir para ganar, con el talento no era suficiente. La verdad es que acertó por completo. Esa, junto a la recuperación de Pau, fueron las claves del éxito, las claves del cambio. Llamarse Rudy, Ricky o Navarro no vale de nada si no luchas cada balón como si fuese el último.
Al final Pau Gasol aportó la magia; el resto una intensidad defensiva maravillosa. Todos vimos lo que queríamos: un grupo de amigos jugando al basket, divirtiéndose y haciéndonos disfrutar. Nada parecido a los comienzos del Europeo. Resultado final: rodillo imparable, vencedores indiscutibles. ¡Enhorabuena campeones!





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