
En las últimas fechas no me he cansado de defender entre mi círculo de amistades que Ronaldinho, reciente vencedor del Golden Foot 2009, aún no está acabado, y que sus botas guardan noches de buen fútbol. Aún mantengo esa esperanza, y les digo esperanza, porque el brasileño lleva sin despertar en los últimos tres años, en los que ha pasado por los terrenos de juego sin pena ni gloria. Además, fuera de ellos no ha demostrado ser un buen profesional dejándose ver de fiesta en fiesta, con la consecuente crispación de sus aficionados que han dejado de confiar en él.
Yo estoy empezando a hacerlo, pero aún así le voy a dar una última oportunidad; será esta noche en el partido que el Madrid disputará frente al Milán en el Bernabeú. El escenario es el adecuado, en él hace casi cuatro años, el 19 de noviembre de 2005, el carioca puso en pie a la grada madridista con una actuación espectacular, que será recordada durante muchos años (estoy convencido que en especial la recordará Sergio Ramos, al que dejó completamente en evidencia).
Así las cosas, el carioca tiene la oportunidad de oro para reivindicarse, de dar un golpe en la mesa, de decir “Señores, ¡aquí estoy yo!” Pero no será un cometido fácil, resucitar y callar bocas requiere de una casta especial, una garra y una entrega que poseen sólo determinados jugadores (véase Raúl González Blanco).
Por el bien del fútbol espero que pueda hacerlo, pero en caso contrario habrá agotado sus siete vidas y tendré que dar la razón a aquellos que piensan que es un jugador indolente y sin ningún tipo de ambición.





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