No hace mucho hablábamos de Armstrong preguntándonos cuál era el límite del ser humano. Tras superar un cáncer venció en la ronda gala durante siete años seguidos (el último en 2005). Se retiró a lo Michael Jordan y hace unos meses anunció su vuelta arguyendo dos razones: seguir recaudando fondos para su fundación contra el cáncer Live Strong y demostrar que nunca corrió bajo el efecto de ninguna droga.
Cualquier juicio acerca de las proezas de Armstrong ha de emitirse teniendo en cuenta que sus victorias han servido de inspiración y esperanza para muchas personas alrededor del mundo. Quizá su caso sea especial, porque resulta controvertido dudar acerca de sus hazañas; por un lado, si las sospechas de dopaje fueran ciertas, se habría lucrado personalmente gracias a esas sustancias y, además, su participación habría sido una farsa perjudicial para los amantes del deporte y para los competidores que estuvieran limpios. Pero por otro lado, sus gestas han traspasado las fronteras del deporte y han dado motivos a cientos de miles de enfermos de cáncer para luchar contra su affección. Es evidente que, por ejemplo, las cinco victorias de Indurain no tuvieron ningún efecto en ese sentido.
De cualquier forma sirva el asunto Armstrong para retirar un velo de ingenuidad que muchas veces nos ciega cuando somos testigos de actuaciones excepcionales. No resulta sorprendente que el americano no siguiera la regla básica de los controles antidopaje y decidiera ducharse justo antes de pasarlo, fuera de la vista del agente de la agencia francesa.
Cuando Lance Armstrong comunicó su regreso, también informó de que se realizaría controles voluntarios que él mismo subvencionaría. Tiempo después notificó brevemente que se cancelaban aquellos análisis debido a su alto coste. Y ahora se ha comportado de manera irregular en un control de la AFLD. ¿Casualidad y mala suerte? Los deportistas y especialmente los ciclistas conocen perfectamente las normas de estas pruebas porque están sumamente acostumbrados a ellos. Y son del todo conscientes de que de su resultado depende su concurso en la Vuelta, el Giro o el Tour. Es decir, Armstrong y su mánager serían estúpidos si hubieran cometido un error de tal magnitud sin tener nada que ocultar.





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