Quizá fue un acto reflejo de supervivencia. Quizá fue consciente y provocador. O tal por inetptitud. Hoy, Pellegrini firmó su propia acta de defunción desafiando al Bernabéu con una alineación formada por cuatro defensas, Diarra (el original) y Gago.
La destitución de Pellegrini no debería producirse como castigo, sino como solución. El ingeniero es incapaz de gobernar una nave que exige experiencia al mando de grandes proyectos. Y este barco no es grande, sino inmenso. El más grande jamás construido.
El Real Madrid ha fallado en los partidos que requerían un plus de competitividad: contra el Sevilla recibió un baño, el mismo que contra el Alcorcón en Santo Domingo; contra el Milan fue vapuleado en casa y aguantó medio partido en San Siro. Medio partido que, por cierto, no le dio más que para empatar y gracias (el árbitro anuló un gol legal a Pato)
Y esta noche, con una remontada vergonzosa en el horizonte, ha fracasado con rotundidad. En todos los encuentros hay un denominador común: el entrenador no estuvo a la altura.
¿Alguien dentro del club confía en Pellegrini para retos superiores si se hunde en los menores? ¿Alguien apostaría hoy por el Real Madrid como serio candidato a la Copa de Europa? No hemos llegado a noviembre y las expectativas se han desmoronado. Y aun queda el Camp Nou, verdadera estocada al corazón.
La superproducción de Florentino necesitaba un líder acorde con el presupuesto invertido y con los jugadores adquiridos. ¿A quién contrataron? Al entrenador del Villareal, con todos mis respetos. No es de extrañar el resultado.





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